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Mano dura y orden

El Estado, representado por el Gobierno de turno y todas sus entidades, debe ejercer la labor de un paterfamilias, aplicando, sin distingos, con decisión y determinación la Constitución y la Ley. Y digo que el Estado debe ser un padre responsable para con sus administrados, porque de la autoridad correctamente impartida devienen la salvaguarda y la preservación de la institucionalidad y la democracia.

Si un hijo tiene consciencia de que su progenitor es severo y demanda disciplina y respeto todo el tiempo, de seguro, por ejemplo, al llegar alicorado a casa, si se para frente al jefe del hogar retorna a sus fueros, como por arte de magia (a mí me pasaba tal cual en la adolescencia con el viejo Abelardo); en cambio, si el padre es laxo y permisivo, es factible que el mismo sujeto, llegue tarde y probablemente haga un escándalo impresentable. El ser humano inconscientemente reivindica su libertad violando la ley y desconociendo, de una forma u otra, las reglas preestablecidas; por ello se requiere siempre una mano dura que ponga los puntos sobre las íes.

Los recientes desmanes y actos vandálicos ejecutados por una caterva de delincuentes, que posan de estudiantes, tuvieron a Bogotá al borde de un caos sin retorno. Precisamente lo que buscan los auspiciadores e ideólogos de esa gesta miserable, entre los que se encuentra Petro, es desestabilizar al gobierno para al final del ejercicio derrocarlo. No se equivoque, presidente Duque: ¡la oposición de la extrema izquierda quiere su puesto y están yendo por el!

Cuando Petro era socio del tartufo de Santos, le parecía que iba todo muy bien con la educación; pero apenas a tres meses de haber tomado posesión el presidente Duque, el líder de los “progresistas” considera que todo es un desastre, desconociendo olímpicamente que la herencia de su camarada “Juhampa” no es que ayude mucho. Los reclamos son válidos y necesarios en una democracia, aunque sobre la base de la verdad y de la legalidad; pero, cuando conllevan anarquía y violencia, deben ser repelidos con toda la fuerza del Estado.

Los colombianos somos muy dados a pasarnos por la faja todo, mas en el fondo nos gusta sentir que hay al mando un jinete avezado que tiene el control de este potro desbocado que es nuestra patria. Es una verdad de a puño que, en un país tan convulsionado, en el que en cada esquina se arma una bandola u oficina de cobro, por solo dar dos ejemplos de muchos de los flagelos de violencia que nos aquejan, es menester que el decurso de los hechos fatídicos y deleznables que acontezcan todo el tiempo se estrelle contra una pared infranqueable, representada por un líder que habrá de conducir a la Nación por el camino que corresponde.

El presidente Duque ha tratado de conciliar muchas cosas, y eso no está mal, pero hay actuaciones con las que definitivamente no se puede contemporizar, y una de ellas es que salgan a la calle a mezclarse en protestas que pueden que no sean justas porque este gobierno apenas comienza, pero son válidas en el juego democrático, bandidos de la peor calaña a destruir medios de comunicación e incinerar vivos a miembros de la policía. Esos apátridas no entendieron por la razón; habrá entonces que aplicarles la fuerza.

Señor presidente, con el cariño, la admiración y el respeto que le tengo, le pido mano dura y de hierro: saque a la calle al Ejército, si es necesario, para contener a tanto bandido desadaptado que cree que puede venir a “ninguniar” a la República. De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno; no basta con querer hacer las cosas bien: es fundamental poner en cintura la desobediencia, el caos, la anarquía y la criminalidad. Recuerde usted que el Estado nunca pierde.

La ñapa I: Señores miembros de la Fuerza Pública, la próxima vez que algún criminal pretenda asesinarlos, no duden en halar el gatillo. Los delincuentes deben entender que estos actos serán repelidos con sobrada contundencia. Hay que darle ejemplo a tanto malnacido.

La ñapa II: En vez de gravar con el IVA los productos de la canasta familiar, el Gobierno debería imponer más tributos a los bancos, pues las ganancias que estos obtienen cada año son vergonzosas. Mientras que en Estados Unidos un crédito vale, en el peor de los casos, el 3.5% anual, en el país del Sagrado Corazón, cuesta casi 10 veces más. ¡No hay derecho a que el pueblo colombiano se empobrezca pagándoles a los bancos!

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