Por la diversidad: un concepto con riesgo de ser distorsionado

Por: Hilda Lorena Leal Castaño – Defensora de Derechos Humanos

En mayo del año 2018, escribí sobre “Jerónimo y el amor, una pequeña reflexión sobre la negación de la igualdad”, y hoy que celebramos la diversidad por el día internacional del síndrome de Down se hace vigente aquella reflexión que dejó un niño que en ese entonces tenía 11 años y que hoy a sus 17 y traigo de nuevo para reafirmar la necesidad de creer en verdaderos esquemas de inclusión social, como un elemento necesario para la defensa de los derechos humanos.

A lo largo de la historia, diversas normativas han buscado proteger a las poblaciones más vulnerables, estableciendo tratados y disposiciones para garantizar el ejercicio de sus derechos. En este contexto, términos como «igualdad» e «inclusión» han cobrado relevancia. Sin embargo, en muchos casos, su uso ha derivado en interpretaciones que, paradójicamente, han generado exclusión y discriminación.

El concepto de inclusión hoy sigue estando estrechamente vinculado a la discapacidad, pero es un término que no se debe reducir a una consigna, sino que al contrario debe abarcar la necesidad de proteger los derechos de manera efectiva de todos aquellos deban ser tenidos en cuenta conforme la definición legal[1]. No obstante, este término ha sido tergiversado y es urgente rescatar su verdadero propósito.

Vivimos en una sociedad que, por un lado, promueve manifestaciones en favor de ciertos derechos, pero que, por otro, perpetúa vulneraciones cuando desconoce los de otros. Un claro ejemplo es el activismo en redes sociales, donde abundan mensajes de apoyo a la inclusión, pero que muchas veces no se reflejan en acciones concretas. Pensemos en quienes ocupan espacios de estacionamiento reservados para personas con discapacidad, mujeres embarazadas o adultos mayores, sin necesitarlo realmente. Este tipo de conductas evidencian que la inclusión no es solo un discurso, sino un problema de conciencia social y educación.

Jerónimo: el rostro del amor

Jerónimo hoy ya tiene 17 años. Hace seis años, era un niño lleno de alegría, disciplina y amor. Hoy, sigue siendo el mismo joven noble, sonriente y lleno de sueños. Ha crecido en medio de una sociedad que proclama la inclusión, pero que, en la práctica, sigue poniendo obstáculos en su camino.

Su realidad no ha cambiado demasiado. La ley aún le impone restricciones, como si su capacidad para decidir sobre su propia vida estuviera determinada exclusivamente por su diagnóstico y no por sus habilidades reales. Se enfrenta a un sistema jurídico que sigue considerando la interdicción como la única opción para quienes, como él, tienen alguna discapacidad. Sus padres, aunque siempre han velado por su bienestar, saben que tarde o temprano tendrán que tomar una decisión difícil: interponer un proceso para declararlo incapaz legalmente o luchar para que la normativa cambie y se le reconozca el derecho a ejercer su autonomía con los apoyos adecuados.

El caso de Jerónimo no es aislado. Miles de jóvenes en su misma situación ven cómo, al cumplir la mayoría de edad, el sistema los encasilla y limita sus oportunidades. No se trata solo de firmar un documento o de administrar bienes; se trata de la posibilidad de elegir, de ser parte activa de la sociedad sin que una legislación obsoleta los prive de su derecho a decidir.

Es imperativo que surjan reformas que eliminen estas barreras legales y garanticen mecanismos flexibles para cada caso particular. No se trata de negar la protección necesaria a quienes lo requieran, sino de asegurar que cada persona con discapacidad tenga la oportunidad de demostrar su capacidad con el respaldo adecuado.

Jerónimo ha demostrado que es mucho más que una etiqueta impuesta por la sociedad. Tiene sueños, anhelos y aspiraciones, como cualquier otro joven de su edad. Sin embargo, el sistema sigue poniendo trabas en lugar de construir caminos accesibles.

Ojalá, en un futuro cercano se permita que cada persona con discapacidad acceda a los apoyos que realmente necesita para ejercer su capacidad legal en igualdad de condiciones. La inclusión verdadera no se trata de imponer limitaciones, sino de construir oportunidades que apunten a una mejor calidad de vida.

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