Por:Pedro Segrera Jaramillo
Ahora que estamos estupefactos por la pandemia en cuestión, que es apenas un remedo de aquella fiebre del cólera, la peste negra que asoló y devastó Europa en los años de 1.817, acabando gran parte de la población mundial durante interminables seis años. Y es por ello que quien pretenda olvidar la historia, está irremediablemente condenado a repetirla.
Nadie pensó jamás que una ola gigantesca del mar, se pudiera tragar a toda una población como sucedió con el tsunami en el Japón, tras el acomodamiento de las placas dormidas en el fondo del océano, ni tampoco la ya olvidada tragedia de armero en 1.985,en donde no quedó sino la campana de la iglesia, que le sirvió al gobierno pusilánime de turno, para echarle barro también al desacierto del rescate del palacio de justicia, en donde los militares acribillaron la fachada del edificio en donde estaban ubicadas las oficinas de los magistrados inmolados. Aún tenemos en la retina la imagen de la niña Omaira, quien murió frente a las cámaras de televisión mundial, esperando una motobomba que jamás llegó.
Pero de todas las epidemias que han azotado a nuestro pueblo, la única que permanece incólume es la corrupción. Hoy colocan una vez más el dedo en la llaga, los lavados de dinero en que están incursos los expresidentes de la izquierda en América latina.
Rafael Correa del Ecuador, Dilma Ruseff y Lula Da Silva del Brasil, Hugo Chávez en Venezuela, Cristina Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia y el Presidente Daniel Ortega de Nicaragua, vienen blanqueando los denarios del pueblo en contubernio con el banco Ambrossiano y adquiriendo suntuosas propiedades en España, Italia, Francia y Bélgica, con la bendición y el agua bendita bien remunerada y servida por las Nunciaturas del Vaticano.
Filipo Rey de macedonia y padre de Alejandro el grande, decía siempre: “que no conocía una fortaleza inexpugnable, cuando una mula cargada de oro puede llegar a ella”.
En Colombia desde el negociado de la venta de panamá a los yankees, los presidentes vienen apretujando sus alforjas con los dineros del estado. Para no escarbar demasiado, recordemos el decreto de Ospina Pérez prohibiendo las ollas de barro para favorecer a la fábrica Imusa. La de Belisario que paso su tiempo en un ataúd de buenas intenciones y dejó un cable pelao con los camiones españoles Pegaso, que no tenían repuestos. O la de López Michelsen con el negociado de la Handel que le costó el puesto al viejo López Pumarejo y después la contratación de la carretera de la libertad en el llano, que beneficiaba un predio de su familia se repite hoy con el caso de las lesbianas Ministras Gina Parodi y Álvarez correa, prófugas de la justicia en Italia, que ojalá las tropiece el coronavirus, con el otrosí del tramo Ocaña gamarra en la ya pringada ruta del sol.
Nuestros mandatarios modernos con las manos untadas por el despilfarro de Odebrecht, que tiene tras las rejas del panóptico a una recua de expresidentes de América latina. Mientras los nuestros cobran en dólares por dictar cátedras siniestras en las universidades europeas, sobre moral y el arte de no ensuciarse las manos. El aprendiz de brujo de Petro no asistió a esos diplomados y se dejó grabar contando dineros de dudosa procedencia, en una bolsa de manigueta.
Los Magistrados de las altas Cortes, con el pecado y el género entre los pliegues de sus togas supuestamente inmaculadas, producto de sentencias blanqueadas con carburin. Los congresistas vendiendo al mejor postor los auxilios parlamentarios, en detrimento de sus regiones olvidadas. Los curas católicos violando niños ante la complicidad de sus jerarcas y complacencia de los padres de familia. Los pastores cristianos derrochando farnofelias y aprovechando la cuarentena, pidiendo transferencias bancarias a sus ovejas mansas, para poder implorar y calmar la ira de Dios. Los militares asesinando humildes campesinos a mansalva y sobreseguro, para engrosar la impunidad de los falsos positivos o dedicados al tráfico sexual de imberbes soldaditos con la impronta de la comunidad del anillo o el miserable secuestro y asesinato de menores para el mercado negro de órganos, que nadie se toma el trabajo de averiguar.
En medio de este desmadre, que le quedará a los jueces promiscuos o a los alcaldes de estos municipios del Magdalena, abarrotados de medianías, que entran a saco roto para pagar las deudas y réditos a los agiotistas de turno. Triste espectáculo de circo…el que le dejaremos a nuestros nietos.


