Colombia se prepara para unas elecciones presidenciales en medio de cifras que, lejos de fortalecer la democracia, evidencian sus debilidades. Aunque el censo electoral supera los 41 millones de ciudadanos, la realidad es que un candidato podría llegar a la Casa de Nariño con apenas entre 11 y 14 millones de votos, producto de la alta abstención que sigue marcando el rumbo del país.
La Constitución exige “la mitad más uno” de los votos válidos, pero en la práctica ese umbral depende de cuántos colombianos realmente salgan a votar. Con una participación estimada de 24 a 25 millones de personas, el próximo presidente podría ser elegido con el respaldo de apenas una fracción del electorado total, lo que reabre el debate sobre la legitimidad y representatividad del poder.
El dato no es menor. Mientras el discurso oficial habla de participación y democracia, la realidad muestra un país donde casi la mitad de los ciudadanos se abstiene, dejando decisiones clave en manos de minorías organizadas. Un escenario que favorece maquinarias políticas y estrategias de movilización más que un respaldo amplio y contundente.
A esto se suma un panorama fragmentado, con múltiples candidatos disputando el voto, lo que hace aún más difícil que alguien logre una mayoría sólida. De hecho, la historia reciente demuestra que ganar en primera vuelta es la excepción, no la regla, en un sistema cada vez más dividido.
El resultado es un modelo electoral donde el presidente puede llegar al poder sin representar realmente a la mayoría del país. Una señal de alerta sobre el estado de la democracia colombiana, donde el problema ya no es solo quién gana, sino con cuántos realmente lo respaldan.


