La Custodia de Badillo

Pedro Segrera Jaramillo                    

Han transcurrido tantos años y a nadie se le ha ocurrido preguntar siquiera como fue que la única empresa, Puertos de Colombia, que daba ocupación y mano de obra a nuestras gentes, sosteniendo la economía de esta región, por arte del Birlibirloque fuera entregada en bandeja de plata, a media noche y a las volandas a 13 particulares, quienes a mansalva y sobreseguro conformaron una asociación para el lucro y disfrute del patrimonio y sudor ajeno. Amparados en unos avalúos de dudosa ortografía, fueron esquilmando esos predios a precio de gallina flaca. El solo edificio moderno de las oficinas, sobre el camellón, lo negociaron por igual valor de lo que costó el mantenimiento del aire acondicionado central dos meses antes del arreglo y de contera lo fiaron a cómodos plazos, como quien compra una motocicleta. Vaya Ud. a saber, en manos de quien quedaron la sede del Club Social en la Av. del libertador y las instalaciones del dispensario médico en la Av. Del Ferrocarril´. Ese mismo día en que se fraguó esta asociación para delinquir, condenaron a todo el asentamiento humano en el populoso Pescadito al hambre y la miseria, al desamparo del Estado para favorecer a unos particulares, no N.N. Ahí quedaron por la eternidad sus pobladores, sentados sin camisa en las puertas de sus humildes viviendas jugando fierrito o cucaracha, mientras rumian que todo tiempo pasado fue mejor.

Igualmente, y con estrategia burdamente similar, desbarataron la antigua Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Santa Marta para rifarla en otra componenda, depreciados hasta la saciedad no solo por la capacidad y cobertura de sus redes, sino el valor agregado. En ese desorden terminaron los españoles con su cuestionada Aguas de Barcelona dueñas del botín, cuyos gerentes criollos que fungían de títeres en la tramoya, quedaron enredados entre las alambradas del Código penal.

Y tampoco ningún desprevenido parroquiano por simple curiosidad, quiere averiguar cómo las instalaciones de Punta de Betín, de propiedad indiscutible del departamento, terminó en una operación extraña de triqui trueque entre los nuevos dueños del puerto e Invemar, quienes lo ocupaban a título de comodato. Los unos se apropiaron no solo de las instalaciones del antiguo Fuerte de Betín, sino de los terrenos de acceso y del Barrio El Ancón, pueblito de pescadores reconocido como patrimonio cultural, miserable e infamemente arrasado por los depredadores de turno y a los otros le construyeron un edificio en el Rodadero Sur. De igual manera, en el olvido quedaron las investigaciones del valeroso periodista que se atrevió a descubrir y presentar fotografías de como a medianoche, en el puerto embarcaban guacales y contenedores atestados de pectorales y figurillas de oro, vasijas de barro y cadáveres en cuclillas embalsamados de indígenas, ante la complicidad y complacencia bien remunerada de las autoridades de esa época. Palmo a palmo erosionaron la Sierra Nevada, bajo el pretexto de investigaciones arqueológicas cuyos manejadores eran los inquilinos del antiguo casino de Punta de Betín. Semanas más tarde, el denunciante de ese delito de Lesa Humanidad y que sindicaba a la Embajada de Alemania de ser la depredadora, fue asesinado.

Pero en este rosario de penas y robispicios, la Joya de la Corona se la lleva lo insólito de como un solo individuo, cachaco por más señas, elementalmente analfabeta, recién llegado a ésta ciudad como simple Guarda de  Aduana, hubiera podido apropiarse, por llamarlo en palabras de buena crianza , de la totalidad de los terrenos planos y de los cerros hasta la colindancia con el Fuerte de San Fernando, ante la mirada displicente de los Samarios, quienes decían que eso era un cagadero de vacas , burros baldíos  y trupillos sin valor alguno. Fueron suficientes rollos de alambre de púas, para que este personaje que a medrar empezaba, se convirtiera en un próspero, distinguido y acaudalado miembro de esta sociedad. Y eso que no sabía firmar siquiera, como consta en las múltiples escrituras de venta que reposan en las dos notarias del círculo de Santa Marta, donde aparece en vez de su firma, una X y una nota aclaratoria: “manifiesta no saber firmar”. Qué tal si siquiera hubiera podido llegar a la primaria.

Pero ahora la gracia se convirtió en desgracia, porque después de largos años de litigios, el consejo de Estado ordena en sentencia del año pasado, la restitución de esos bienes a los herederos del verdadero dueño que era el General Sardá, quien poseía títulos concedidos por Simón Bolívar después de la independencia como beneficio de botín de guerra.  Se incluye además de los terrenos del rodadero, todas las ensenadas, Playa Blanca, Playa Grande, Inca Inca que estaba en manos de los hijos del expresidente Ospina Pérez y Playa Lipe que vendió y revendió una siniestra sociedad denominada Industrial y Minera, que no era ni lo uno ni lo otro. Este fallo incluye, indemnización, intereses y costas del juicio en gramos oro, a los descendientes del General Sardá, en Santa Marta, los hermanos Huyke y un hijo reconocido, que tuvo con una querida en el barrio Abajo de Barranquilla. Quedan excluidos los terrenos adquiridos por el español José López M.

Y como la historia, cuando la olvidamos estamos condenados a repetirla, nos acordamos ahora de aquel cura quien, haciendo reparaciones arbitrarias ya que no podía cambiar el piso de mármol de la Catedral, por ser patrimonio religioso y de la humanidad, encontró lienzos de valor incalculable, piezas de arte y hasta lingotes de oro, que se escondían en ese entonces para que no los encontraran los piratas y filibusteros que azotaban la ciudad. El pastor de ovejas descarriadas, se enfermó de pronto y tras pedir dispensa y colocarse en penitencia una corona de espinas de naranjo, se fue para Nueva York, mientras las beatas de su entorno clamaban plegarias y sahumerios. Dicen que debe estar muerto…pero de la risa.

COROLARIO: como en aquel canto de Escalona en 1.958, sobre el robo de la Custodia del pueblo de Badillo…seguramente los rateros son honrados.

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