Por: Jorge Armando Beleño Crespo
Al poder hay que hacerle oposición, objetarlo, contradecirlo, discreparlo, vigilarlo, orientarlo. Aunque esto no guste a líderes carismáticos o caudillos es necesario para el fortalecimiento de las democracias, porque como dice el aforismo: “sí el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”. No vengo a hablar de corruptos, ni de los políticos de antes, ni de los políticos de ahora (ya envejecidos). No soy autoridad disciplinaria, ni fiscal, ni pretendo ser un predicador que llega a restaurar el orden social de las cosas en la ciudad de Santa Marta, ni el Magdalena. Por el contrario, es la oportunidad para señalar aquello que no está saliendo bien en la ciudad y el departamento en el marco de la contención y aplanamiento de la curva del coronavirus, en aras de tener la perspectiva de que de esta crisis sólo salimos unidos en un mismo propósito.
Lo primero de lo que se debe hablar es de la
vanidad del gobernador del Magdalena. Ciertamente no es pecado
sentirse un ser especial en todos los sentidos, debería ser una aptitud que intentaran todas
las personas. Sin embargo, en el marco de la administración pública es una tara porque dificulta la gestión de los procesos, la autocrítica y el trabajo colectivo tan necesarios en este
contexto de salud pública en el cual todos los sectores sociales y políticos de
la ciudad y el departamento, los de
antes y los de ahora envejecidos, deberían estar tirando en un mismo sentido. El gobernador es un auténtico seductor de masas. Max Weber lo
denomina líder carismático y una parte de la “ciudadanía” le debe el reconocimiento por sus denodados esfuerzos por intentar
hacer de la mejor forma las cosas, por el ímpetu que le ha puesto en
querer sacarnos del atolladero. Pero, hay que recordarle que es un funcionario, se debe a una masa crítica de gente
de todos los sectores y etnias, integrada por adeptos y opositores, debe
trabajar para el colectivo,
rendir cuentas de todos sus actos públicos y de los privados cuando éstos
intervengan en el funcionamiento institucional. Entonces, la vanidad superlativa, tal vez
patológica, en un funcionario al servicio de un pueblo, su exultante opinión egocéntrica sobre su propia persona, es una cualidad, un componente de personalidad vacío, hueco, con alteración cognitiva de la realidad, sin sustancia social ni solidez en la ejecución del poder. En consecuencia, al gobernador ante las medidas para contener, aplanar la curva del coronavirus, se le ha visto arrogante, presuntuoso, envanecido por unas medidas que son del sentido común de las cosas: dar comida al necesitado es un acto de responsabilidad de la buenaventura bíblica, no una idea superior de lucidez de hombres que se ven a sí mismos como seres especiales, superiores, elegidos por el brazo redentor de los ángeles. En resumen, el gobernador es un líder más bien normal con una lista de tareas pendientes y obras por terminar en la ciudad.
Segundo, lo más crítico, y por eso lo más preocupante de todo, es lo que no está saliendo
bien en la gestión del departamento y el distrito
a fin de contener, aplanar y paliar las consecuencias del coronavirus. Los
decretos expedidos han sido los indicados en el tiempo y el espacio,
llaman al autocuidado, promueven la salud y la vida de las personas, aunque han estado descontextualizados de la realidad
socioeconómica del territorio. La línea de extrema pobreza ronda el 30% de la población, de
manera que, ante esta situación la gente está de vuelta en las calles, valorando entre morir por el coronavirus o morir de hambre, forzados a incumplir las normas. Es aquí
cuando los agentes de seguridad del estado deben intervenir, no con su brazo
sancionador imponiendo comparendos que la gente no tiene cómo pagar, sino por el contrario educando
sobre el cuidado humano, la
solidaridad y el respeto por el personal médico, de enfermeras y demás
profesionales de la salud. La alcaldía y la gobernación han sido miopes en esta
posibilidad, están entendiendo que la política criminal es la persecución del
delito, la pretensión de seguridad, y no. Han olvidado ellos
que para mantener la tasa razonable del delito se deben
disminuir los factores
de riesgo que lo estimulan y crean las condiciones y desarrollo de la delincuencia: la falta
de educación, de salud, de
oportunidades de empleo, etc., que la guerra de frente es contra el hambre y la
desigualdad social, lo que este virus ha hecho más evidente todavía.
Un tercer error de la alcaldesa y del gobernador ha sido la manera en que están entregando los mercados solidarios: improvisación absoluta, discriminación de los beneficiarios y culto a la personalidad. Ha sido improvisada la metodología de entrega de mercados creando focos de propagación del virus, estimulando el incumplimiento de la norma, el delito y la delincuencia. La ciudadanía se está quejando de cómo se discrimina a los beneficiarios entre votantes o adeptos, y no votantes de los gobiernos “del cambio” para la entrega de las ayudas, suficientes audios y vídeos hay con estas denuncias. De ser cierto estas elucubraciones, por lo bajo serían un abuso de poder. Lo que cabe a los gobiernos del cambio ante esta situación es ser empáticos con la gente de todos los sectores sociales: el hambre es una necesidad humana y no tiene partido político; garantizarles la comida a las personas en extrema pobreza, en su totalidad, es al acto más noble y de hermandad entre iguales.
Finalmente, sí un sector de la opinión pública y de la ciudadanía tenía la sensación de que Rafael Martínez obedecía órdenes, al que le imponían secretarios de despacho, que era un imitador pobre, en tan sólo cuatro meses de gobierno de la alcaldesa Virna Lizi Johnson Salcedo no quedan dudas de que ésta tiene jefe. Las actividades de su gestión pública se reducen a anunciar desde el día sin carros, la remodelación del camellón, la suspensión de entrega de mercados, hasta la reorganización de esos mercados solidarios, actividades que podrían haber realizado los secretarios de despacho a fin de que ella se ocupe de garantizar los derechos fundamentales de la gente. Otra de las facetas ha sido, que es su obligación constitucional, posicionar los secretarios, que en lo que va de su gobierno ha tenido tres de la cartera de salud evidenciando su inexperiencia en el gobierno del distrito y, sobre todo, la imposibilidad para liderar y delegar en las personas más aptas justamente en este momento de pandemia; ¡que Dios nos coja confesados por lo que se nos viene!
En lo que sí se le ve a la alcaldesa total empeño es su acompañamiento al
gobernador a todas las reuniones, aunque la ciudad esté bloqueada permanentemente por
un porcentaje de la población insatisfecha, dado que no cuenta con agua
potable o la que llega a los hogares la mayoría
de las veces no es apta para el consumo
humano. Esta eventualidad de desabastecimiento, ahora más
que nunca está haciendo tránsito
a un problema social y
de seguridad sin precedentes en la ciudad, ¡ojalá los asesores la tengan enterada! Por tanto, es urgente que la alcaldesa borre ese estigma en la opinión de que ella no gobierna, que se deje ver autónoma por el porvenir de la ciudad, que comprenda que la dignidad que ostenta no fue una suerte del destino, conocer a la persona indicada, sino que la majestad del cargo impone inteligencia, capacidad, liderazgo, mando. En las reuniones no toma la palabra (o “no la dejan hablar”, dicen otros), proyecta la imagen de ser una secretaria más del departamento, con facultades constitucionales, pero no decide en los temas de fondo del distrito, no tiene el control de su gobierno. Cuando intenta comunicar las decisiones deja ver su estrechez de lenguaje, la falta de competencias comunicativas, es errática, pleonástica, con pocas habilidades para dirigir el tigre que es esta ciudad, y ciertamente este tigre se la puede comer si no despabila.
Por consiguiente, para superar esta realidad en el quicio de la puerta, la incapacidad institucional que tienen la ciudad y el departamento con el fin de contrarrestar el virus más mortal que nuestra generación haya vivido, lo urgente es que el líder de los gobiernos del cambio sea autocrítico, mesurado y preciso en las orientaciones que proyecta, que sepa delegar en las personas más aptas, que propicie la autocrítica, de ese modo enaltece su liderazgo, no pierde poder y sale más empoderado, que entienda que la descentralización fortalece el poder público y popular, no lo debilita. Por su parte, que la alcaldesa sepa rodearse, que sea consciente de que ella es la jefa, no una mera secretaria con facultades, que así haya sido que su llegada al gobierno del distrito haya sido por chiripa, que sea consecuente con su autoridad, creativa, amorosa, dadivosa, administradora eficiente, de lo contrario el coronavirus “nos borrará de la faz de la tierra».


